Nadie se había dado cuenta de todas las sonrisas falsas que llevaba todas las mañanas aquel chico en su cara.
Porque nadie sabía lo que era salir todos los días a la puta calle con una sonrisa que no es la tuya.
Y todo para evitar preguntas, para no tener que contestar un ''estoy bien'' acompañado de un pequeño grito en el interior negándolo.
Y ojalá el silencio tuviese voz.
Ojalá esos hijos de puta que le hacen sentirse como una mierda callasen para siempre, porque no saben lo que duele.
¿Hablan de penas y de tristezas? ya les enseñará los cortes.
Y así pasan sus días, y sus pensamientos no cambian.
Y es que la putada ahora es que no te puedes fiar de nadie, porque los que hoy te sacan las mejores sonrisas, más tarde te las roban. Te las reclaman. No falla.
Y ahora, ¿qué hace? a su lado tiene un bote de pastillas que ni siquiera es capaz de abrir.
¿Lo abre?
¿Acaba con todo de una vez?
¿Es lo correcto?
Sí, lo es. Lo necesita.
Ni media vida, y ya quiere irse.
Y se va. Sin dudarlo. Se va.
Unas horas después, en la misma habitación, unos padres rotos, observando esa habitación que a partir de hoy se convertiría en la zona negra de la casa.
Y quien sabe, a lo mejor hubiese llegado lejos.
Hubiese sido grande. Hubiese sido un chico al que admirar.
Quizá no vio esa pequeña luz al final del túnel.
Esa luz que resplandecía cada amanecer, pero que la oscuridad de su cabeza no le dejaba ver.
Quizá no se fijó en la sonrisas de sus amigos aquella tarde, recordándole que aquí para todo.
Quizá esa no haya sido la mejor opción, o, mejor dicho, no lo fue.
Quizá no sabía que el futuro le aguardaba mejores cosas, y que las malas rachas solo son temporales.
Pero ya no hay marcha atrás. Se ha ido. Para siempre.
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